Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

164. Fábulas V


El lobo guerrero
   Gotthold Ephraim Lessing

   —Mi Padre, de glorioso recuerdo —dijo un lobo joven a un zorro—, ¡ese era un héroe de verdad! ¡Cuánto temor no infundió en toda la región! Triunfó poco a poco sobre más de doscientos enemigos, enviando sus negras almas al reino de la perdición. ¡No es de extrañar, pues, que ahora finalmente haya tenido que sucumbir ante uno!
   —Así se expresaría un orador fúnebre —dijo el zorro—, pero el historiador escueto añadiría: los doscientos enemigos sobre los que él poco a poco triunfó eran ovejas y burros, y el único enemigo ante quien sucumbió fue el primer toro al que se atrevió a atacar.


El ratón, la rana y el milano
   Esopo

   Queriendo un ratón pasar un río, pidió ayuda a una rana, la cual se la ofreció diciéndole que lo pasaría con mucho gusto. Pero ideando ahogarle, le dijo: “Para que pases más seguramente, ata tu pierna a la mía. El ratón, creyendo en sus palabras, dejóse atar con ella, y entrando en el río, al llegar en medio, comenzó la rana a meterse bajo el agua para ahogar al ratón, el cual se esforzaba cuanto podía para tenerse encima del agua. Estando ellos así luchando, vino un milano y arrebató con sus uñas al ratón que nadaba sobre el agua, llevando consigo a la rana que con él estaba atada, y así los despedazó y comió a entrambos.
   Esta fábula da a entender que los que piensan mal, e intentan dañar a los otros, suelen a veces destruirse a sí mismos.
(Fábulas completas. Madrid: Edimat, 2007)

Esopo


Un apólogo
   Joaquim Machado de Assis

   La baronesa tenía a la modista siempre a su lado, para no verse obligada a buscarla cuando la necesitaba. Llegó la costurera, tomó la tela, tomó la aguja, tomó el hilo, introdujo el hilo de la aguja, y empezó a coser. Una y otro iban yendo orondos, tela adentro, que era la mejor de las sedas, entre los dedos de la costurera, ágiles como los galgos de Diana —para darle a esto un color poético. Y decía la aguja:
   —Y bien, señor hilo, ¿no se da cuenta que esta distinguida costurera sólo se interesa por mí? Soy yo la que va de aquí para allá en sus dedos, pegadita a ellos, perforando hacia abajo y hacia arriba…
   El hilo no respondía nada; iba andando. Cada orificio abierto por la aguja era llenado en seguida por él, silencioso y activo, como quien sabe lo que hace, y no está dispuesto a oír palabras insensatas. La aguja, viendo que no le respondía, también calló y prosiguió su camino. Y era todo silencio en la salita de costura; no se oía más que el plicplic- plicplic de la aguja en la tela. Cuando ya caí al sol, la costurera dobló la prenda hasta el otro día; prosiguió en ése su tarea y aun en el siguiente, hasta que el cuarto día terminó su obra, y aguardó la velada del baile.
   Llegó esa noche, y la baronesa se preparó. La costurera, que le ayudó a vestirse, llevaba la aguja prendida a su pechera, por si hacía falta dar algún punto. Y mientras terminaba el vestido de la bella dama, tirando de un lado y de otro, recogiendo de aquí o de allá, alisando, abotonando, abrochando… el hilo, para mofarse de la aguja, le preguntó:
   —Y bien, dígame ahora quién irá al baile, en el cuerpo de la baronesa, haciendo parte del vestido y de la elegancia. ¿Quién va a bailar con ministros y diplomáticos, mientras usted vuelve al costurero, antes de terminar en la cesta de mimbre de las mucamas?
   Parece que la aguja no dijo nada; pero un alfiler, de cabeza grande y no menor experiencia, le susurró a la pobre aguja:
   —Espero que hayas aprendido, tonta. Te cansas abriéndole camino a él y es él quien se va a gozar la vida, mientras tú terminas ahí, en el costurero. Haz como yo, que no le abro camino a nadie. Donde me clavan, ahí me quedo.
(Cuentos. Caracas: Ayacucho, 1978)


El imán
   Oscar Wilde 

   En el vecindario de un imán vivían unas limaduras de hierro. Un día, a dos limaduras se les ocurrió bruscamente hablar de lo agradable que sería visitar al imán. Otras limaduras cercanas sorprendieron la conversación y las embargó el mismo deseo. Se agregaron otras y, al fin, todas empezaron a discutir el asunto y, gradualmente, el vago deseo se transformó en impulso. ¿Por qué no ir hoy?, dijeron algunas, pero otras opinaron que sería mejor esperar hasta el día siguiente. Mientras tanto, sin advertirlo, habían ido acercándose al imán, que estaba muy tranquilo, como si no se diera cuenta. Así prosiguieron discutiendo, siempre acercándose al imán, y cuanto más hablaban, más fuerte era el impulso, hasta que las más impacientes declararon que irían ese mismo día, hicieran lo que hicieran las otras. Se oyó decir a algunas que su deber era visitar al imán y que hacía ya tiempo que le debían esa visita. Mientras hablaban, seguían inconscientemente acercándose.
   Al fin, prevalecieron las impacientes y, en un impulso irresistible, la comunidad entera gritó:
   —Inútil esperar. Iremos hoy. Iremos ahora. Iremos en el acto.
   La masa unánime se precipitó y quedó pegada al imán por todos lados. El imán sonrió, porque las limaduras estaban convencidas de que su visita era voluntaria.
(J. L. Borges y A. Bioy Casares. Cuentos breves y extraordinarios)


Cóndor y cronopio
   Julio Cortázar

   Un cóndor cae como un rayo sobre un cronopio que pasa por Tinogasta, lo acorrala contra una pared de granito, y dice con gran petulancia, a saber:
   Cóndor. —Atrévete a afirmar que no soy hermoso.
   Cronopio. —Usted es el pájaro más hermoso que he visto nunca.
   Cóndor. —Más todavía.
   Cronopio. —Usted es más hermoso que el ave del paraíso.
   Cóndor. —Atrévete a decir que no vuelo alto.
   Cronopio. —Usted vuela a alturas vertiginosas, y es por completo supersónico y estratosférico.
   Cóndor. —Atrévete a decir que huelo mal.
   Cronopio. —Usted huele mejor que un litro entero de colonia Jean-Marie Farina.
   Cóndor. —Mierda de tipo. No deja ni un claro donde sacudirle un picotazo.
(Historias de Cronopios y de Famas)


Fábula I
   Luis Ignacio Helguera

   El sapo y la rana se mostraban una noche lluviosa sus versos. Entre celebraciones, descubrieron de pronto, con asombro extraordinario, que habían escrito un poema —“Loa al charco”— idéntico, literal.
   Pero, en lugar de disputarse los derechos de autor del caso apoyándose en recuentos de circunstancias y argumentos diversos, y como eran animales irracionales, quedaron de acuerdo, con unísono eructo, en que lo esencial era divulgarlo, y lo proclamaron anónimo.
(Minificción mexicana. Lauro Zavala [ed.])


Ah, las fábulas
   Juan Jacinto Muñoz Rengel

   El caimán hizo recuento y constató que, a lo largo de la semana, apenas llegaba a zamparse una decena de peces, media docena de cangrejos, tres tortugas y un par de ratones.
   Convocó a toda la fauna de aquella ciénaga, y les hizo saber el estado de la cuestión. Desde ese momento, los cangrejos dejarían de comer pequeños peces y se limitarían a las plantas. Los peces gato no robarían los huevos a las tortugas, y buscarían su carroña en el fondo de la charca. Las tortugas podrían satisfacer sus necesidades de proteínas con insectos, pero también tendrían igualmente prohibidos los peces, y ni hablar de tocar a los ratones que, con suerte —pensó—, se multiplicarían como conejos. Les explicó que estaban en crisis, que habrían de apretarse el cinturón hasta que llegaran tiempos mejores, que todos tendrían que remar juntos porque, al fin y al cabo, estaban en el mismo barco, y que él, sin duda —les dijo solemne—, iba a ser el principal perjudicado: después de todo, habría de comérselos mucho más flacuchos e, incluso, menos nutritivos.
(El libro de los pequeños milagros. Páginas de espuma)