Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

172. Minicuentos populares rusos


La creación de La Tierra

   Al inicio del mundo, deseó Dios crear La Tierra. Llamó al demonio y lo envió al fondo del mar para que cogiera un puñado de tierra y se la trajera.
   “Pues bien”, piensa Satanás, “¡yo haré una tierra que sea igual, y para mí!”.
   Se metió en el agua, cogió tierra en una mano, y también llenó de tierra su boca. Subió y le entregó a Dios, sin poder decir palabra alguna.
   Por todos los sitios en los que arrojaba Dios la tierra, aparecía una superficie tan llana, que si uno se ponía en un extremo, veía todo lo que había en el otro.
   Satanás lo vio, quiso decir algo y se atragantó.
   Le preguntó Dios qué era lo que quería. Satanás empezó a toser, y echó a correr, tal fue el miedo que se apoderó de él. Huyó perseguido del trueno y del relámpago, que fueron golpeándolo. Y, allí donde caía, se fueron alzando collados y cerros. Donde tosía, crecía un monte. Y donde saltaba, se levantaban hacia el cielo picos de altísimas montañas. Así, recorriendo La Tierra, la surcó toda, y la cubrió de colinas, cerros, montes y picos altos.


El apóstol Pedro

   El apóstol Pedro, en compañía del Salvador, iba sumido en sus reflexiones. De repente, dijo:
   —¡Ojalá pudiera ser yo Dios, aunque fuera por algunas horas, y después ser otra vez el apóstol Pedro!
   Dios sonrió ligeramente y dijo:
   —Que se haga lo que deseas. ¡Que seas Dios hasta la tarde!
   Se acercaron a un pueblo y vieron a una campesina que condujo un rebaño de gansos hasta un prado, los dejó allí y se apresuró a regresar al pueblo.
   —¿Pretendes dejar solos a los gansos? —le preguntó Pedro.
   —Hoy celebramos una fiesta de la iglesia —explicó la campesina.
   —Pero alguien tendrá que cuidar de tus gansos —dijo Pedro.
   —Que sea Dios quien cuide de ellos hoy —respondió ella, y se fue.
   —¿Has oído, Pedro? —dijo el Salvador—. Yo iría con mucho gusto contigo al pueblo a participar en la fiesta, pero, ¿y si a los gansos les pasa algo? Hoy, tú eres Dios hasta la tarde; así que eres tú quien tiene que cuidarlos.
   Pedro no sentía muchas ganas de quedarse, pero hubo de cuidar de los gansos. Aunque se juró que nunca más iba a querer ser Dios.

Iván Bilibin

El sabio Salomón

   Después de la crucifixión, bajó Cristo al infierno y sacó de allí a todos, excepto al sabio Salomón.
   —Tú sal de aquí por tus propios medios, usando tu sabiduría —le dijo Cristo.
   Entonces, Salomón se puso a hacer una cuerda. Se le acercó un diablillo y le preguntó para qué hacía aquella cuerda.
   —Como intentes aprender demasiadas cosas —le contestó Salomón—, te vas a hacer más viejo que tu abuelo Satanás. ¡Ya lo verás!
   Una vez preparada la cuerda, empezó Salomón a medir con ella el infierno. El diablillo apareció de nuevo, y le preguntó para qué tomaba medidas.
   —Es que, en este lugar, voy a construir un monasterio —le dijo el sabio Salomón—. Y, en aquél, una catedral.
   El diablillo se asustó, echó a correr y le contó todo a su abuelo Satanás, el cual se apresuró a expulsar al sabio Salomón del infierno.


Por decir “amén”

   La Muerte bautizó al recién nacido de un hombre pobre. En el banquete, algo borracha y alegre, dotó a su compadre de la facultad de curar a los enfermos, aunque estuviesen agonizando. Sólo debía tocarlos con su mano o plantarse junto al lecho, y se reponían al instante. Aunque el médico mismo debería morir en cuanto dijera “¡Amén!”. El antiguo pobre se hizo médico y, muy pronto, se convirtió en un hombre adinerado. Pasaron algunos años, y se le ocurrió ir a visitar a la Muerte. Nada más ponerse en camino, encontró a un niño llorando.
   —¿Por qué lloras? —le preguntó.
   —¡Ay! —contestó el niño—. Mi padre me ha pegado porque no sé unas de las palabras de la oración.
   —¿Qué palabra es esa? ¿“Padre nuestro”?
   —No, no es esa.
   El médico recitó toda la oración hasta el final, pero la respuesta era siempre la misma:
   —No, no es esa.
   —Pues debe ser “¡Amén!”.
   —Sí —dijo la Muerte. Había sido ella la que se había presentado bajo la apariencia de niño—. ¡Sí, “amén”! ¡Y también amén para ti!
   Y el médico murió en aquel mismo instante. Sus hijos se repartieron todos sus bienes y, si no han muerto, andarán sanos y salvos hasta ahora.


La curación de la hija del zar

   En el momento en que un joven mercader se embarcaba, un viejo pidió ser contratado.
   —¿Cómo vas a trabajar tú, siendo tan viejo? —le dijo el joven.
   —Soy muy trabajador. Puedo más que tres hombres. Te haré próspero. Sólo pido como pago la mitad de lo que ganemos.
   Llegaron a un país donde el mercader recibió el encargo de librar de un mal a la hija del zar. El viejo le entregó tres leños y una taza de agua, y le dijo lo que tenía que hacer. A medianoche, se levantó la hija del zar del ataúd. El mercader le tiró un leño, y ella se lo tragó. Le tiró el segundo leño, y se lo tragó también. Le tiró al tercero, e hizo lo mismo.
   —Ahora te voy a comer a ti —amenazó la hija del zar.
   —Espera. Déjame beber un poco de agua —le contestó el mercader.
   Se llenó de agua la boca, y roció a la hija del zar. Ella se estremeció y quedó curada al instante. El joven se casó con la hija del zar y regresó a su casa con muchas riquezas.
   —Ahora vamos a repartirlo todo —le dijo el viejo.
   El hijo del mercader sacó su dinero y empezó a repartirlo en partes iguales.
   —¿Por qué repartes sólo el dinero? Hemos traído, además, a la hija del zar. Vamos a repartirla a ella también.
   Tomó una espada y cortó a la joven en dos. El joven se afligió mucho y le dijo:
   —¡Dios te ayude! ¿Por qué la has matado?
   —¿De modo que te da pena? —constató el viejo.
   Juntó las dos partes, dio un soplido y la princesa se levantó al instante, igual que era antes.
   —Aquí tienes a tu mujer. Vive con ella como Dios manda dijo el viejo, y desapareció.

Iván Bilibin

Los guardianes

   Temeroso de su viña, un hombre resolvió ponerle dos guardianes: uno cojo y otro ciego. “Si aparece alguien que quiera robar mis uvas, el ciego lo sentirá llegar y el cojo lo verá. Y si es uno de ellos el que pretende robar, el cojo no llegará demasiado lejos, y el ciego se matará en los barrancos”.
   Un día, el ciego le preguntó al cojo:
   —¿De dónde viene ese olor tan agradable?
   —Detrás de aquellos portones, tiene nuestro amo cosas muy ricas.
   —¿Y por qué no me lo habías dicho? ¿Acaso no tienes ese deseo? Yo estoy ciego, pero tengo piernas y tengo fuerzas para llevarte. Toma una bolsa y monta sobre mis hombros. Enséñame el camino, y nos haremos con la riqueza de nuestro amo. 
   Al cabo de un tiempo, llegó el amo y, al ver que le habían robado las uvas, mandó comparecer a los guardianes.
   —Te puse a vigilar mis viñedos y me robaste —le dijo al ciego.
   —Mi señor, ves que estoy ciego. Aunque quisiera llegar hasta allí, no alcanzo. Fue el cojo, y no yo quien te robó.
   —Si no me hubieras llevado, nunca habría llegado hasta allí porque estoy cojo.
   —Y si tú no me hubieras enseñado el camino, nunca habría podido llegar hasta allí.
   —Entonces —concluyó el hombre—, robasteis los dos. Como un solo hombre pecasteis: el ciego es el alma, el cojo es el cuerpo.
   Y ordenó dar una golpiza sólo al cojo, pues el castigo del alma sería eterno.


Tres clases de borrachera

   Mientras preparaba el vino, añadió el diablo sangre de zorro al principio, después de lobo y, más tarde, de cerdo. Por eso, cuando una persona bebe un poco, se le queda una voz melosa, como para decir palabras aduladoras, y te mira de manera astuta, como un zorro. Cuando bebe más, se convierte en un lobo, agresivo y feroz. Y, cuando bebe más de la cuenta, se convierte en un cerdo y acaba revolviéndose en el barro.